Las palabras que escuchan hoy construyen lo que pensarán mañana
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Cuando mis peques iban a “l’escoleta”, recuerdo que nos repetían algo una y otra vez:
habladles con propiedad.
Nada de “chicha”.
Era carne.
Nada de “tete”.
Era chupete.
Y reconozco que, al principio, me chirriaba un poco.
Porque el diminutivo sale solo.
Porque el lenguaje familiar tiene sus códigos.
Porque a veces… es más fácil.
(Spoiler: en casa todavía decimos “ning nang” al columpio 😅)
Con el tiempo entendí el fondo del mensaje.
Las niñas y los niños necesitan estar expuestos a un lenguaje rico, vivo y variado para construir sus circuitos cerebrales.
No solo para hablar mejor, sino para pensar mejor más adelante.
Durante los primeros años, el cerebro se organiza a partir de lo que escucha:
las palabras,
las estructuras,
los matices.
Cuando la exposición al lenguaje es pobre o muy limitada, luego cuesta más ampliar ese mapa interno.
No es alarmismo.
Es desarrollo.
¿La buena noticia?
Que no hace falta hacer nada extraordinario.
Basta con:
hablarles,
leerles,
cantarles.
Usar palabras reales.
Nombrar el mundo tal como es.
Repetirlas en canciones, cuentos, juegos cotidianos.
Porque el lenguaje no se aprende de fichas.
Se aprende viviéndolo.
Y porque, al final, el lenguaje es la base de todo lo que vendrá después:
el pensamiento,
la comprensión,
la lectura,
la expresión.
En Petit Folks creemos justo en eso:
en sumergirles en un mundo lleno de palabras, sonidos y canciones.
Sin presión.
Sin correcciones constantes.
Pero con mucha riqueza.